• 16-Jun-2018
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vivir un tiempo limitado

Dr. Leonardo Strejilevich, médico, master en gerontología - Universidad Autónoma de Madrid. 

No es posible vencer el envejecimiento y la muerte. Tenemos fecha de vencimiento pero, mientras tanto, no hay tiempo que perder.

La muerte forma parte de la vida. Lo intuimos, o lo sabemos, pero cuesta aceptarlo, y más todavía, hablar del tema.

Es muy fina  la línea que divide el éxito del fracaso; es una moneda que gira en el aire. En el deporte, como en la vida, se gana y se pierde.

Lo importante no suele poder ser manejado por nosotros como la salud, el nacimiento y la muerte.

Todos los seres vivos están destinados a morir algún día; sólo los seres humanos tienen ese conocimiento, es decir, tenemos conciencia de que va a ocurrir. Saber que nuestro tiempo es limitado da valor a las cosas que hacemos. Debemos aprender aunque sea a la fuerza a aprovechar cada momento.

A partir de la muerte de una persona cercana a menudo hablamos de trascendencia, quizás para trascender su desaparición física, de todos modos es muy consolador: lo que esa persona nos enseñó o ayudó, lo que hizo en su paso por la vida, lo que ayudó a otros, o mejoró el mundo, los árboles que plantó, los libros que escribió, los hijos que tuvo, la herencia que nos dejó en lo material y de su sabiduría y experiencia compartida. Los no creyentes explican que "sigue presente" en el recuerdo, en el amor que le tuvimos y que nos tuvo, en sus enseñanzas, en la forma en que esa persona hizo de algún rincón de este mundo un lugar mejor. Los creyentes agregan que "nos cuida desde el cielo".

Hasta no hace tantos años la gente fallecía en su casa rodeada de toda la familia y no en terapia intensiva.

Cuando se está enfermo y se acerca un desenlace fatal aparece el miedo a  no ser aceptado, miedo a cada síntoma, miedo al dolor, miedo a la muerte; el sentimiento de sentirse solo y abandonado impregna la existencia.

Hasta el día de hoy, nuestra vida cuenta con una sola certeza: la muerte. Después de vivir como máximo unos 100 años todos vamos a morir.

El envejecimiento no es una enfermedad. Es el deterioro que sufre nuestro organismo por el mero hecho de vivir. Incluso una persona que tenga la suerte de no padecer ninguna enfermedad fatal difícilmente supere hoy los 100 años. La razón es que nuestro cuerpo está preparado para vivir un tiempo limitado. La acumulación de los desechos de nuestro propio metabolismo normal y la capacidad limitada de las células para dividirse y renovar nuestros tejidos se ocupan de que dejemos el lugar a las nuevas generaciones.

Conviene para propios y ajenos  recibir en silencio  el anuncio de la muerte; un silencio cargado de una íntima aceptación.

Muchas veces, sin previo aviso, a uno le diagnostican pocos meses de vida y hay quien no quiere iniciar un tratamiento. Hay muchas personas que no quieren vivir a medias y no tienen dudas al respecto. Cuando se ha tenido una buena vida y los  hijos y nietos estan bien, y se dejan a los afectos  sin mayores apremios la muerte es aceptada y no se vive como una violencia personal indebida e injusta.

 Octavio Paz decía: "La muerte es inseparable de nosotros. No está afuera: es nosotros. Vivir es morir. Y precisamente porque la muerte no es algo exterior, sino que está incluida en la vida, de modo que todo vivir es asimismo morir, no es algo negativo.  Vivir es ir hacia adelante, avanzar hacia lo extraño, y este avanzar es ir al encuentro de nosotros mismos. Por lo tanto, vivir es dar la cara a la muerte".

Se debería vivir la muerte como si fuera parte de la vida, y no otra cosa.

La disyuntiva suele ser clara: a veces hay que optar entre la degradación y la dignidad; muchos prefieren preservar la dignidad.

Los adultos mayores se sienten profundamente desmoralizados por la falta de salud agravada por la edad y la proximidad de la muerte.

Nuestra cultura occidental no suele mencionar ni hablar expresamente acerca de la muerte, a diferencia de otras cosmovisiones. Tememos  que el solo mencionarla resulte en su invocación. Paradójicamente, siendo la única certeza que tenemos en nuestra vida – somos naturalmente seres mortales con autoconciencia de nuestra propia finitud- actuamos como si ese final no existiera ni fuera a suceder.  Pero el final de la vida también resulta desafiante para el propio paciente y su familia. Nos enfrenta con nuestra propia existencialidad, con nuestra espiritualidad y nos recuerda que la eternidad existe en una concepción religiosa de la vida, pero la vida – en su expresión meramente biológica- es totalmente finita. 

La Medicina interfiere permanentemente en el “orden natural”, esa es –en definitiva- su principal función: modificar el curso natural de los eventos, de manera que la enfermedad pueda ser curada y la muerte, pospuesta. Pero la realidad nos muestra que este objetivo pocas veces puede ser alcanzado. Es cierto que muchas de las antiguas enfermedades mortales, hoy día son eventos previsibles, prevenibles y/o curables, pero el cuerpo humano sigue estando en el bando de lo deteriorable y, en algún momento, tal vez enfermamos; seguro, envejecemos y aún más cierto, morimos. Inclusive, algunas enfermedades, si bien incurables, permiten al paciente, gracias a los avances científicos, gozar de una buena calidad de vida, mantenerlas controladas de manera que podamos tener un “buen vivir en la enfermedad”. Empero,  también sucede que el proceso de morir y el deterioro que la enfermedad y la vejez  acarrea, en un punto determinado, único y exclusivo de cada paciente en particular, se vuelve irreversible, y en ese caso solo podemos actuar para contener su evolución, posponiendo –solo con una ilusión temporal- el fin inevitable.  Los objetivos terapéuticos se van modificando conforme pautas objetivas y subjetivas: cuando ya no es posible curar, y la evolución de la enfermedad sigue su curso,  el acento estará puesto primordialmente en el manejo de los síntomas y en asegurar el confort del paciente, teniendo como objetivo fundamental fortalecer la calidad de vida que el paciente o sus allegados, en caso de inconciencia o incapacidad entiendan como la mejor y la más respetuosa de sus valores personales.  En este sentido, y desde los novedosos aportes de la Bioética, la  la vida biológica es “condición necesaria” pero “no suficiente” para la vida humana. El bien jurídico protegido deja de ser simplemente “la vida”, para pasar a ser una vida adjetivada: vida biográfica, es decir, la vida biológica definida en un aquí y ahora circunstanciado, personal y único.   Por todas estas razones, cuando se habla de  adecuación de tratamientos curar no quiere decir prolongar los sufrimientos ni la vida biológica a cualquier costo. Así como está prohibido acelerar la muerte de un individuo, de la misma manera está prohibido atrasarla por medios artificiales cuando el propio paciente  considera que la calidad de vida que se le ofrece pone en entredicho su propia dignidad.

Con el fin de proteger nuestra felicidad negamos la muerte. El hombre occidental contemporáneo mantiene un pesado silencio sobre la cuestión. La muerte es un tema fundamental que se halla en el corazón de la existencia humana; la muerte se ha convertido en un tema tabú.

Se deben analizar tres problemas fundamentales: el conocimiento de la mortalidad como tal; la definición de muerte humana en el contexto del actual debate biomédico; y, finalmente, la cuestión de determinar si la muerte puede considerarse un mal absoluto.

La muerte ha desaparecido de las comunicaciones diarias y la sociedad occidental incluso tiende a suprimir cualquier cosa que haga pensar en ella. Ver morir a alguien se ha convertido en algo raro. La gente ya no muere en casa, sino en el hospital; las muertes son, en cierto modo, excluidas de la comunidad de los vivos. De este modo, el ser humano es privado de su muerte. Nos mentimos constantemente, diciendo que siempre es otro el que muere, nunca yo mismo (Bernard N. Schumacher).

La muerte solitaria en la vejez es un drama. En Japón, el drama de la muerte solitaria tiene su propia denominación: kodokushi. Este es un fenómeno de muertes solitarias en que los cuerpos permanecen un largo período sin ser descubiertos.

Hay una epidemia de soledad en la Argentina que conduce a la muerte: tenemos más de 6.000.000 de personas mayores de 60 años, viven solos 1.200.000 y se sienten solos 260.000.

Hay que afrontar el problema de la soledad y de la muerte prematura por esta causa, como están haciendo otros países, como una política de Estado.

Existen numerosos esfuerzos, propuestas y programas sociosanitarios en el mundo para intentar paliar la soledad: voluntariado de las personas mayores,  terapias de escucha para los que se sienten solos,  leyes como la que en China obliga a los hijos a visitar a sus padres ancianos,  centros para fomentar el intercambio entre jóvenes y ancianos, mejorar los centros de día que ofrecen distintas actividades a las personas mayores.

 

Vivir solo es un factor de riesgo para la integración social. La conclusión es que los mayores que viven solos carecen, más que el resto, de las relaciones sociales necesarias para una buena vejez. La soledad crónica no solo es terrible por lo que se experimenta a diario, sino que tiene un impacto devastador en la salud física y mental de la persona. Las personas solitarias y aisladas se enferman más y viven menos. 

 


 

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