• 27-Mar-2020
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Aguafuertes del Gerontovirus 1 - Lo heroico y lo ridículo

Pequeños relatos, crónicas, reflexiones, testimonios, filosofía de cuarentena para amortiguar el encierro, pequeños pasajes para viajar con la imaginacion. - Por Eugenio Semino - 27-03-2020.

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Algo extraño, nunca me preocupó la muerte, pasé la vida detestándola. Tal vez de no haber sido así, mi existencia no hubiera estado tan plagada de revoluciones inconclusas, de amores y odios tan intensos, de tanto tiempo para soñar y tan poco para dormir. Lo que sí debo confesar que me desveló, desde el principios de mis días, fue el “cómo morir” o más bien “de qué morir". Lo que me preocupaba no estaba ligado al sufrimiento. Tenía mucho más que ver con la dignidad, el honor y valores de ese tipo.

Allá lejos y hace tiempo, cuando no se podía nombrar "al que te dije", y Valle y Tanco preparaban la vuelta mientras la metralla les hacía un corte de manga en los Basurales de José León Suárez. A nosotros, a todos los yo, nos mataba o mutilaba una epidemia para la cual no había antídoto, los yo tenemos impregnado aún hoy el acre olor del fluido, con que nuestros viejos lavaban todo, o del alcanfor que cual estampa pagana nos colgaban nuestras madres cada día para protegernos de... no se sabia qué. Eduardo Maicas, ese poeta exquisito de la revista Humor, fue para siempre el rengo de la panadería. Ya entonces yo me cuestionaba la honorabilidad de la muerte, el renguito la tenía resuelta, era una víctima de la POLIO. En cambio a mí, si moría de un forúnculo o de una diarrea, qué dignidad me quedaba.

Fue entonces que comencé a elaborar mi teoría para los yo, hay que morir "de una enfermedad incurable". Eso es honor, pasaron décadas tras décadas y mi espíritu y el de los yo estaba tranquilo: "enfermedad incurable". También pasaron para los yo tantas muertes que no puedo ni nombrarlas, honorables, heroicas, viles y absurdas, memorables, ridículas, envidiables y misteriosas. Pero de golpe, ahora, justo ahora, al fin del camino, todo cambió. Guardado en casa, sin poder salir ni para hacer las compras porque mis hijos no me dejan. Mandoneado por ellos, los de la generación videojuego, que se preocupan tanto por mí que son capaces de encerrarme y tirar la llave, viendo cómo el mundo se detiene por lo frágil que soy, por miedo de romperme como a un jarrón de porcelana. Tengo que reelaborar rápidamente, para nosotros los yo, el marco de dignidad. No sea cosa que ellos me terminen escribiendo un epitafio biodegradable. Me aterra pensar a mi bis o tatara nieto dentro de 20 o 30 años, frente a un Jaimito del futuro, preguntándole ¿de que murió tu abuelo?

Por suerte, todo dilema genera un vector hacia la creatividad. Daba vueltas por la familia la historia de un tártaro, que en la Gran Guerra había sostenido su posición, máuser en mano, durante días, hasta que el pie de trinchera fue comiendo su cuerpo. Un tío díscolo daba una versión bastante menos épica y mucho más escatológica, "se pudrió de abajo para arriba", decía. Pero si se desechaba esa versión, la historia sonaba impactante, ho-no-ra-ble. Fue entonces que todo me cerró. Si me quedo en esta epidemia la historia es la siguiente: "yo fui el que enfrentó a pie firme hasta morir la peste del Corona allá por el 2020". Y hasta en la lápida podría incluirse alguna metáfora tipo: "El Último Republicano Asesinado por el Corona." Qué paz nos sobrevino a los yo.

Eso sí, si aparece algún tío contando que en la internación de agudos no había camas, y que en la terapia intensiva no había respirador, que cuando trajeron uno se cortó la luz. No le crean. El Nono murió de Pie.


 

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