• 01-Abr-2020
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Aguafuertes del Gerontovirus 3: Tener tiempo

Reflexiones encerradas, pensamiento de cuarentena, cambios de ritmo en la urbe vaciada. Qué se hace con el tiempo, qué se hacía antes, qué hacer después. Por Silvia Perelis.

 

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Cuántas veces envidié a los tres viejos que veo cada tarde, cuando vuelvo de trabajar, sentados en una mesa del “Bar Mar Azul Café”, tal como rezan las letras pintadas sobre su puerta. No sé cuántas, pero menos que la cantidad de veces que, sin que ellos percibieran mi existencia, los miré con desdén: “el mundo se viene abajo y estos tres sentados”. Claro que hubo otras en las que mi ocasional equilibrio mental y emocional me permitió alguna reflexión cómo ¿qué se sentirá tener tiempo? ¿Cómo se divierten? ¿De qué se alimentan? ¿Se aburren?

Alguna vez esperando el colectivo en la parada que está justo en esa esquina, escuché claramente la conversación que sostenía uno de ellos con el mozo que en ese momento podía darse el lujo de estar de brazos cruzados apoyado en el canto de la puerta de entrada. El viejo le contaba acerca de una mesa que estaba haciendo en madera. El colectivo tardó lo suficiente para que me enterara también que tiene en su casa una especie de tallercito y arregla lo que le piden en el barrio, porque de paso que gana unos manguitos extras, se entretiene. Más tarde, mirando a través de la ventanilla, repasé la imagen y las palabras “toma café con sus amigos cada tarde, charla con el mozo, hace carpintería y está de buen talante, ríe, fuma, repasa un libro de páginas amarillentas…”

Ahora que estoy encerrada en mi casa, y que el valioso dinero me es necesario para los compromisos ineludibles de cada mes, pero para nada más, recuerdo insistentemente a los tres viejos del Bar Mar Azul Café. Me pregunto si valiéndome de la video llamada, el screaming, y el repaso de los libros de mi biblioteca, estoy haciendo vida de viejos, impotente ante un mundo que se derrumba fuera de los límites de mi casa.

Seguramente los viejos que cobran una miseria de jubilación y a nadie le importa un comino lo que sepan o dejen de saber sobre la vida, mucho menos lo que de ella quieran, invisibles y en desuso como yo desde mi casa, obligados a no ir más lejos que la mesa de café, como yo ahora del supermercado, vivieron años de aislamiento. La vejez son años de aislamiento. ¿Se aprenderá a estar con uno mismo, disfrutando lo que traigan las charlas, y aprendiendo de los libros?. Bueno, esto último no es malo, en el mejor de los casos se puede aprender, pero lo malo es lo otro, lo del aislamiento ¡pobres viejos! …pobres todos nosotros que veníamos entendiendo tan poco. Cuando salgamos de estas, a la primera de cambio, me siento en la mesa del Bar Mar Azul Café yo también y les digo: “señores: tenemos que hablar”.


 

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