• 16-Abr-2020
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Crítica a la razón bélica

En este momento las circunstancias epidemiológicas nos ubican a Nos-Otros LOS MAYORES en la primera línea entre los grupos más vulnerables frente al COVID19. Pero, al mismo tiempo, se levantan voces que nos quieren hacer “protagonistas” de una guerra que no buscamos… - Por Roberto Horacio Orden

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El sujeto mayor y la metáfora bélica

El actual abordaje de temas de la Pandemia con un lenguaje bélico, no es nuevo, está ampliamente utilizado internacionalmente y parece un recurso válido cada vez que hay que referirse a enfermedades donde muchas veces se necesitan apelaciones para “agregar” a la gente

Desde hace tiempo vengo sosteniendo, con otros compañeros, la necesidad de alentar una Perspectiva de Envejecimiento en fuerte correspondencia con la de Género, toda vez que las personas mayores de diferentes géneros son sub alternizadas por los miembros de otros grupos etarios, quienes ejercen sobre los mayores distintas formas de maltrato pasando por el físico, económico, simbólico y estructural entre otros.

La compleja situación generada por el Coronavirus Covid19, viene a sumar una nueva serie de violencias asociadas, por el hecho de que los mayores son una de los grupos vulnerables en esta crisis sanitaria global, demandante de mayores cuidados cuando los recursos sanitarios son escasos.

Las personas mayores son percibidas colectivamente como un grupo potencialmente peligroso en términos de la transmisión del virus.

Así se viene desencadenando una nueva serie de segregaciones y rechazos hacia este grupo, que paradojalmetne es uno de los más débiles en estas circunstancias.

Se torna frecuente en televisión y en las redes sociales, por medio de distintas entrevistas con personas de todo el mundo la evocación de la “lucha” sostenida contra esta enfermedad a lo que se fue sumando la fuerte presencia de personal de seguridad y en estas horas militares, en distintas tareas de apoyo y porque no para el mantenimiento de un clima donde no haya desbordes.

Además de su empleo en medios de comunicación masivos, la metáfora bélica irrumpe y moldea los modos de pensar y actuar de los equipos sanitarios y circula indistintamente entre pacientes familiares y público en general .

La representación de la lucha contra el coronavirus aspira amalgamar distintos colectivos con un discurso homogéneo , independientemente de la función, desempeño técnico y grado de conocimiento que se tenga sobre la enfermedad.

Pareciera que siendo un enemigo público se atribuye al virus el status de un actor con conciencia y voluntad así se suele escuchar que se aprovecha de, se alimenta de o elige a, acrecentando los miedos en la población sana, y fortaleciendo los mitos que se tejen en torno a esta patología y a quienes la padecen.

Por infodemia se conoce a la sobrerrepresentación que se hace del tema en los medios de difusión.

Cabe aclarar que una de las principales referentes de la Tanatología, a nivel internacional , la Dra Elizabeth Kübler Ross señaló en sus escritos que la negación y la bronca son algunos de los aspectos esperables en los sujetos , frente a la emergencia de pérdidas recientes, actuales o potenciales, no necesariamente en un orden pre-establecido.

En toda situación bélica estos mecanismos son echados a andar a su máxima expresión y desarrollo.

La pregunta por formularse, pasa por saber, si estos articuladores narrativos discursivos construyen slogans que pueden entorpecer los procesos adaptativos y los posibles duelos ligados al curso de la patología viral y de sus tratamientos, llegando incluso a generar efectos negativos en la calidad de vida de los pacientes y de sus familiares , tanto física como psicológicamente.

Respecto de la metáfora bélica Susan Sontag en su libro  La enfermedad y sus metáforas advirtió sobre la persistencia y funcionalidad de esta representación imaginaria calumniando el carácter individual e irrepetible de la enfermedad en cada persona.

La idea de que frente a la (temida) enfermedad se debe adoptar una actitud de lucha, tiñe al escenario por demás caótico, de representaciones ligadas con expectativas y exigencias a las personas en tratamiento (en su mayoría mayores), y a quienes prescriben y facilitan sus tratamientos, sin que necesariamente se identifiquen con este discurso.

Surge entonces la pregunta acerca de la funcionalidad de esta metáfora, ya no sólo en el contexto de las campañas masivas, sino en el ámbito tanto clínico como privado del paciente mayor y de quienes lo rodean.

En presencia de hegemonía de la metáfora bélica se tornaría dable suponer que los pacientes mayores asistidos, junto a su entorno, sean embargados por sentimientos de fracaso si no colaboran con la pelea de no rendirse ante la enfermedad.

A ellos se suma el destino incierto otorgado a los pacientes mayores más comprometidos, quienes deben partir al exilio al no poder ser mantenidos en sus hogares ni tampoco en medios hospitalarios y sanatoriales clásicos, por falta de plazas.

También se escuchan voces desesperadas de las estructuras asistenciales desbordadas, sobre todo europeas, que alertan sobre la imposibilidad de ofrecer medidas de soporte vital a ancianos con difícil pronóstico.

Ocasionalmente algunos sectores, como la Red Bioética de la UNESCO, han expuesto su preocupación respecto a los criterios que se adopten cuando los recursos no sean suficientes y reclama que estén regidos por rigurosos estándares médico científicos y particularmente éticos, en todos los casos, evitando toda forma de discriminación o selección que limite el acceso de algunos individuos en favor de otros.

Todo esto no desconoce que muchas de las exhortaciones, incluyendo las filo-bélicas, suelen ser muestras de apoyo, con la intención de contener, tranquilizar y acompañar al paciente o al ser querido, aunque sus efectos puedan ser paradojales.

Susan Sontag problematizó, desde su posición como paciente de una patología crónica cancerígena, las consecuencias que puede tener para un paciente el pensar el proceso de curación como una guerra.

Podría pensarse que ante una patología aguda como la que conlleva esta Pandemia, no se tornaría equivocado anticipar una fuerte tendencia a elementarizar los discursos del personal de salud así como los del resto de la sociedad.

Cabe preguntarse si el propio cuerpo deviene en campo de batalla para un paciente mayor, podría imaginarse que se vuelve un enemigo para sí mismo, en tanto es su cuerpo el objetivo a atacar.

¿Cómo puede tomar cada paciente y su medio familiar esta obligación y puesto de lucha, con una enfermedad transmisible que se desarrolla en su propio cuerpo?.

En este proceso el paciente queda alienado de su propio cuerpo, rodeado de especialistas que en el afán inicial de colaborar se quedan el campo de batalla favoreciendo una visión autoritaria y de fuerte sesgo piramidal en los equipos y en la relación médico-paciente

El miedo a la enfermedad no conduce indefectiblemente y en todos los casos a la movilización y adquisición de hábitos y de conductas de autocuidado

El poder y la metáfora bélica

Asociar la Pandemia del coronavirus con un enemigo invisible con el cual solo cabe la lucha demoniza aun más la enfermedad, acrecentando en la población las ideas paranoides de muerte inminente, dolores incontrolables e infortunios de todo tipo.

Dicha asociación como se vio precedentemente puede potenciar la estigmatización de pacientes y de colectivos enteros; como es el caso de los adultos mayores.

Serían insuficientes los análisis precedentes sobre la crítica a la razón bélica si al mismo tiempo no se los pueden contextualizar en una situación en la que distintos actores con grados importantes de poder, predicen, anticipan y planifican acciones en el corto, mediano y largo plazo

Para el movimiento higienista que comienza a fines del siglo XIX el objetivo superior de “orden y progreso” solo podía consolidarse vía el control social y el disciplinamiento de los sujetos.

El pensamiento ilustrado en occidente y las producciones de los sistemas higienistas y científicos, , constituyeron al cuerpo en espacio de soberanía, vigilado y fiscalizado por el sistema “patriarcal”

Las tecnologías y mecanismos del poder regulador de los cuerpos, históricamente se desarrollaron exponencialmente a instancias del Estado, asesorados por “notables”, con antelación se encontraron en manos de instituciones no gubernamentales, como la Iglesia o juntas de beneficencia, mayoritariamente de orden conservador.

Siempre existió una pugna vital entre sujeción y soberanía, haciendo transitar las imágenes del cuerpo desde los márgenes de la vida privada hacia los espacios públicos. En la medida que éste es un elemento clave de la conformación del “yo”, mientras que el sistema intenta limitar sus márgenes de control y dominio.

Las instituciones son las mediadoras entre el poder patriarcal y la sociedad. En este sentido los mecanismos disciplinarios echados a andar con la cuarentena en torno al cuerpo y el cuidado y administración que de éste se hace, pueden también ser analizados dentro de lo que algunos estudiosos como Michel Foucault y, más tarde, Michel Hard y Anthony Negri han denominado biopolítica

El filósofo francés Michel Foucault señaló, hacia inicio de la década de los setenta, que el poder transitaba entre los cuerpos microfísicamente traspasando nuestras conciencias, interiorizándose en nuestros deseos y anhelos, instalándose en nuestros discursos, modelándonos y produciendo, a su vez, nuevos sujetos.

Con el desarrollo de las restricciones de la cuarentena se asiste a la construcción de modelos de comportamiento y también a resistencia que reproducen dichos mecanismos para rebelarse a las prácticas de dominio que a su vez generan nuevos centros de opresión.

Las instituciones de salud tienen un aspecto promocional a favor del desarrollo y protección de la vida pero al mismo tiempo un aspecto de control procurando regular acciones que pueden atentar contra la vida pero al mismo tiempo restringir ciertas libertades.

Siguiendo a Foucault, las instituciones de control y dominación , mediante tecnologías reguladoras de vida y de conciencia, internalizan discursos “normativos y adaptacionistas” en los sujetos, es decir dichos mecanismos serían parte de la maquinaria generadora de subjetividad.

El lenguaje de la metáfora bélica es mucho más que el simple hecho de comunicar algo, por un lado, representa la realidad pero también actúa sobre ella modificándola.

Pierre Bourdieu señala que la violencia simbólica se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador. Así los actos de conocimiento y reconocimiento entre dominadores y dominados son desencadenados por la fuerza del poder simbólico con el cual “adoptan a menudo la forma de “emociones corporales –vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad- o de pasiones y de sentimientos –amor, admiración, respeto (...) un cuerpo que rehúye las directrices de la conciencia y de la voluntad mantiene con las censuras inherentes a las estructuras sociales.

Existe una sensación que tras la catástrofe sanitaria del coronavirus, podría acaecer un probable deslizamiento caótico de la economía mundial y nacional lo que traería aparejado perjuicios de importancia para los grandes jugadores del damero económico, junto con disturbios sociales de manejo impredecible .

Ante dichas circunstancias nunca mejor para invocar la Hora de la Espada a fin de moldear las conductas a futuro y favorecer el consentimiento pasivo ante futuras decisiones jerárquicas y autoritarias en materia económico-social.

Podemos suponer que en la instauración de la cuarentena existen motivos incontrastables que justifican el carácter indispensable de la adhesión actual para con dicha práctica, pero ello no se corresponde con el acatamiento acrítico a la metáfora bélica y menos aún en el caso de personas mayores.

Finalmente cabe rescatar la posición de una de los principales cultores de la Teoría de la Complejidad Edgar Morin cuando afirma

La enorme innovación con que nos interpela la Teoría de la Complejidad es la apelación al diálogo en clave de complejidad, el que conlleva la complementariedad, la solidaridad, la aceptación del antagonismo y la contradicción, de última la aceptación del otro en tanto otro, en muchos aspectos, como imprescindible…”

A pesar de todo, debemos resistimos a lo que separa, a lo que desintegra, a lo que aleja, sabiendo que en su defecto la separación, la desintegración, el alejamiento ganarán la partida. Porque en el origen de todas estas resistencias descubro hoy una resistencia más profunda, primordial, a la crueldad del mundo. Proseguir en el esfuerzo cósmico desesperado que, en el mundo toma la forma de una resistencia a la crueldad y es lo que yo denominaría esperanza…”

Nos-otros los mayores no somos parte de una guerra generada por el descontrol ambiental propiciado y encarado por las mismas potencias económicas que hoy aspiran a encontrar soluciones parciales y negacionistas de la génesis de los hechos.

La complejidad del tema nos llevaría a plantear más cosas que descubrir una vacuna o un fármaco para enfrentar los problemas que estos actores han despertado.

Quizás a los mayores, por nuestra propia situación de tener los días contados, nos correspondería aportar opiniones desde la serenidad, y la experiencia (frónesis de los griegos) con una fuerte concepción dialéctica en el sentido socrático del término y poniendo distancia de toda retórica oportunista.

La Humanidad se merece otro mundo…


 

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