• 06-Mar-2018
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IV MANDAMIENTO HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE

Un artículo del Dr. Leonardo Strejilevich. Médico geriatra.Master en Gerontología Universidad Autónoma de Madrid

Toda persona de bien tiende a amar a sus padres de forma casi espontánea. De la misma manera que los padres aman a sus hijos. Los padres son vistos por sus hijos como la puerta de entrada al mundo.  

Hoy la situación en el mundo es muy distinta. Pareciera que esto de honrar a los mayores está en desuso. 

En la actualidad el mundo del mercado se basa precisamente en los deseos juveniles. Ahora lo importante son los jóvenes porque son los que consumen. Tanta prevalencia tiene la entidad de ser joven, que es casi una obligación. Muchos adultos mayores se infantilizan y prefieren que los confundan con sus hijos, que los tomen por sus hermanos mayores y no correr el riesgo de no ser aceptados por viejos. 

Los ancianos eran los más venerados, pero ahora todo ha cambiado. Nadie quiere ser padre, porque es algo que envejece en exceso. Todos quieren mantenerse jóvenes eternamente. Hoy se considera que perder la juventud es una enfermedad atroz. 

Cuando los hebreos dispusieron el cuarto mandamiento Moisés estaba tratando de formar un pueblo homogéneo y unido, y vio claramente que la familia era un elemento básico del orden social. La autoridad paterna era el vínculo que ligaba a los individuos a la autoridad política y religiosa que daba unidad a la masa de individuos. Honrar a los padres es básicamente reconocer su autoridad sobre los hijos, reconocer que nuestros padres pueden mandarnos y aceptar nuestra obligación de obedecerlos. 

Es bastante habitual escuchar: "Ustedes no respetan a los mayores". 

La autoridad de los padres no debe confundirse con autoritarismo ni con tiranía. Autoridad viene del término latino auctor, que significa lo que hace crecer, lo que ayuda a crecer. Por lo tanto, se define como aquello que ayuda a crecer bien. 

Existe el derecho a tener padre y madre, el derecho a contar con una filiación.

Durante siglos, los ancianos han sido portadores de uno de los grandes beneficios sociales: la experiencia. Eran el registro viviente de aquello que se podía y debía hacer en cada una de las circunstancias. En tribus que no tenían escritura, las personas con experiencia eran las del buen consejo, las que habían pasado por distintas circunstancias y por lo tanto se consideraba que ellas sabían qué se debía hacer y qué se debía evitar. La creación de la escritura dio a los conocimientos, recuerdos y leyendas un sustento más sólido que el de la memoria individual. Pero la experiencia de vida de los mayores, su madurez y su sosiego ante los apresuramientos y las pasiones determinó que las comunidades siguieran confiando en sus consejos, lo que los convertía en líderes. En la antigüedad éste era el gran tema, relacionado a su vez directamente con el concepto del mando. La lógica primitiva consideraba que los padres de los padres debieron de ser aún más fuertes y sabios que los padres actuales; casi parientes y colegas de los dioses. Lo que aquéllos habían considerado bueno, porque se lo había revelado alguna divinidad, no podían discutirlo los individuos del presente, mucho más frágiles y simples humanos. 

En todas las culturas del mundo antiguo, era obligación respetar al padre y a la madre. Lo que hizo en este caso el legislador hebreo fue darle un carácter religioso a la norma. A partir de ese momento era el propio Yahvé el que ordenaba respetar a los padres. Pero el mandamiento abarcaba también a los abuelos, los tíos carnales, los tíos lejanos, etcétera. Honrar significaba socorrerlos en caso de necesidad, enfermedad, vivir con ellos si no podían hacerlo solos. El cuarto mandamiento siempre tuvo un carácter social y económico. Sin embargo, en nuestra época, cada vez se da menos importancia a la experiencia, que hasta incluso se convierte en un obstáculo. 

Los jóvenes en el trabajo son más fáciles de manejar, ya que son menos conscientes de sus derechos. En cambio, quien tiene cierta edad sabe lo que le corresponde y crea conflictos a sus patrones ya que no se deja manipular con tanta facilidad. Por lo tanto, la gente con más trayectoria no es la más buscada ni la más aceptada. 

Nuestra cultura actual discrimina al anciano porque además desprecia la sabiduría; no es una cultura de vida, sino de funcionamiento. La sabiduría es el saber vivir, y el funcionar es técnico, y lo que se respetaba del anciano en la antigüedad era su memoria de sabiduría. 

Ser joven se ha convertido en un valor en sí mismo. Hay una tendencia a considerar enfermo todo lo que tiene algunos años de más (la vejez no es una enfermedad). Conocemos los valores de la juventud: fuerza, belleza, agilidad, espontaneidad. No se consideran atributos la madurez ni la ancianidad, ni se tiene una valoración positiva de esta etapa de la vida. Es así como las personas mayores van perdiendo importancia. 

Estamos ante el riesgo de ir hacia una juvenilización permanente de la sociedad. 

Los anuncios publicitarios estaban dirigidos a personas de edad mediana o entradas en años. Poco a poco la publicidad se vio invadida por la presencia de los jóvenes y la venta de cosas que refuerzan aún más esta etapa de la vida: productos de belleza, ropa, bebidas, automóviles, …

Cada vez con menos edad las personas tienen capacidad de gastar mucho, antes que otras generaciones en los países desarrollados. Hoy poseen tal posibilidad de consumo que hace que los publicistas se dirijan a ellos casi en forma exclusiva, aunque el mercado dirigido a los viejos es inconmensurable dada la explosión demográfica del envejecimiento poblacional.

Aún hoy hay pocos anuncios en los que aparezca gente mayor. Incluso cuando se ven, están maquillados y transformados en jóvenes postizos. 

Pareciera ser que la publicidad deja de lado a los viejos, salvo cuando tienen que vender lentes de contacto, prótesis de todo tipo, residencias geriátricas paradisíacas de elevado costo o algo por el estilo. 

El contrasentido a esta adoración de la juventud es que nuestras sociedades desarrolladas, plutocráticas, cada vez tienen menos hijos. Estamos ante un fenómeno de envejecimiento de la población. Nacen pocos niños y eso crea una serie de descompensaciones sociales. Los fondos para pensiones y seguridad social se mantienen con la aportación de los trabajadores en activo. Es por ello por lo que resulta necesario que se incorporen permanentemente jóvenes al mundo laboral. Por otra parte, muchas tareas tienen que ser cubiertas por gente que viene de fuera. La inmigración sustituye a esos hijos que no queremos tener. En el fondo, los hijos no queridos se presentan con otro color de piel, con otras ideas. Llegan a nosotros para cubrir esos huecos de la población que hemos dejado libres. Uno de los temas importantes de la relación social es el del trato con los ancianos en las instituciones geriátricas. No todos los adultos mayores llegan a ese momento de la vida en el mismo estado, capacidad, lucidez y autonomía de movimientos. Por lo tanto, hay ocasiones en las que se vuelve imprescindible que estén atendidos en una institución donde reciban determinados tipos de cuidados. 

El anciano ya no tiene lugar en la vida familiar. Hemos creado un sistema perverso que son los geriátricos de pago. El anciano forma parte de la familia; el adulto mayor en su calidad de abuelo no es un agregado, y por lo tanto tiene mucho que hacer y mucho que decir.  

Si se tiene que pagar para que otro cuide a su padre o madre pudiéndolo hacer el mismo hijo, es realmente una perversión de los fines. Es cierto que la vida contemporánea es muy compleja, que todo el mundo trabaja fuera de casa. Pero si hay dinero para pagar un geriátrico, también lo hay para contratar a una persona para que atienda al anciano en la propia casa. En el hogar de los pobres los ancianos siempre tienen su lugar. Este es un tema polémico; dejar a los parientes en los geriátricos es una forma de egoísmo de los más jóvenes; se debe plantear la posibilidad de que la familia se ocupe de cuidar al anciano. Pero la unidad familiar ha variado mucho. Antes se contaba con la mujer sacrificada y esclavizada dentro de la casa, dedicada a hacer de enfermera, cuidar niños y abuelos. Carecía de una vida autónoma, y no tenía gran incidencia en el mundo del trabajo. Hoy todas estas circunstancias han cambiado. Trabajan, tienen autonomía y no están en el hogar para poder cumplir como antaño las funciones asistenciales, que antes eran tan necesarias. Como consecuencia de ello, se produjo un vacío en lo referente al trato de los mayores en el marco de la familia. 

El cuarto mandamiento contempla las formas de respeto hacia los mayores, pero también la ruptura de estereotipos y rutinas. Esta cuarta ley de Yahvé nos hace interrogarnos acerca de cómo aprovechar la experiencia de la ancianidad, que en nuestro tiempo está siendo desplazada por una adoración comercial de la juventud. Se centra en el tratamiento de nuestros mayores desde el punto de vista social y también, en ocasiones, en cómo buscar la reconstrucción de esas familias deshechas por la violencia, la guerra y las dictaduras. 

Los padres son dos elementos básicos de la biografía individual. Pero además de preguntarnos por esta relación entre hijos y padres en cada uno de los núcleos familiares, hay una consideración más amplia, más abierta y más social que hay que tener en cuenta: ¿cuál es la relación en nuestras sociedades entre los jóvenes, las personas maduras y los ancianos? ¿Cuál es el trato que damos a quienes forman parte del eufemismo llamado tercera edad? ¿Qué hacemos con las personas que ya no se encuentran en el orden productivo, con quienes representan la memoria, la tradición y que a veces constituyen un obstáculo para ciertas renovaciones? ¿Cuál es el papel de la gente venerable en la sociedad actual? Éstas son las grandes preguntas sobre las que debemos debatir, y que nacen del análisis actualizado del cuarto mandamiento.

(*) Inspirado y con algunas paráfrasis de: Fernando Savater: “Los diez mandamientos en el siglo XXI. Tradición y actualidad del legado de Moisés”; Random House Mondadori, S. A.; Barcelona; 2004.


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