• 12-Abr-2020
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El doble filo de los geriátricos en la pandemia

La vulnerabilidad de los geriátricos en el presente contexto no solamente afecta a sus residentes, sino también a quienes trabajan allí. Es indispensable que las autoridades tomen consciencia del problema para poder actuar a tiempo. - Por Eugenio Semino

Ante la inminente circulación comunitaria del virus Covid-19, circulación que la cuarentena está logrando aletargar pero que, sabemos, no puede evitar, se presentan escenarios diversos que es preciso analizar con una mirada compleja. Hace una semana la incapacidad para apreciar las características particulares del problema de los jubilados con los bancos llevó al desastre de tener miles de jubilados rompiendo la cuarentena y exponiéndose al contagio. A medida que pasan los días surgen nuevos escenarios que es preciso detectar a tiempo para poder definir estrategias de acción. La situación de los geriátricos en nuestro país es uno de esos escenarios.

Hay que hablar de dos filos, o de dos peligros, en relación a los geriátricos por dos cuestiones muy claras. La primera es evidente, en los geriátricos se encuentran reunidos, en un mismo ambiente, compartiendo la vida, grupos más o menos grandes de ancianos, es decir de miembros del principal grupo de riesgo ante la enfermedad. Es por ello que el Ministerio de Salud definió un protocolo de acción para los casos que se confirmen en este tipo de instituciones.

Sin embargo hay un segundo filo que no está siendo lo suficientemente tenido en cuenta. Es menos evidente pero puede ser igualmente pernicioso, o tal vez más, que el primero. Se trata del siguiente hecho: la mayor parte del personal que trabaja en geriátricos, en general cuidadoras, pertenece a estratos económicamente bajos de la sociedad. Son, en su gran mayoría, mujeres que viven en barrios periféricos, en el segundo y tercer cordón del conurbano, para los geriátricos porteños y bonaerenses, y en zonas similares para los otros centros urbanos del país. El problema que esto implica es que en muchos de esos barrios la cuarentena no se realiza por casas, como en los barrios de clase media, sino de manera comunitaria.

Según el protocolo, en el caso de que aparezca un caso confirmado de Covid-19 en un geriátrico, se debe licenciar al personal que haya estado en contacto con la persona enferma, para que pueda ponerse en cuarentena. Sin embargo, este protocolo no contempla que una cuidadora que vive en un barrio pobre del conurbano muy posiblemente no pueda hacer cuarentena como la haría una persona de clase media.

Se genera entonces una situación potencial de doble circulación del virus. O la cuidadora se contagia en el barrio y lleva el virus al geriátrico, o realiza el camino inverso, y lleva la enfermedad del geriátrico al barrio. La idea de la cuarentena comunitaria es impedir que se entre y se salga de los barrios, pero esto es imposible porque una parte importante de la gente que allí vive necesita salir a trabajar. Hace pocos días se conoció el caso en la provincia de Córdoba de un geriátrico en el que se contagiaron más de veinte ancianos a partir de un médico que era asintomático. Si contemplamos la situación que estamos describiendo aquí vemos que el peligro es realmente grande. Hay aproximadamente un total de 150.000 personas vulnerables internadas en geriátricos en todo el país.

El problema es además endiablado, porque se le agrega la siguiente variable. En un contexto de normalidad los geriátricos, por una cuestión de costos, operan con el mínimo personal indispensable. Hoy ese personal está reducido aproximadamente en un 30%, debido a los licenciamientos otorgados a quienes son población de riesgo o que se tuvieron que quedar en casa por cuidar hijos o familiares. Es decir que los geriátricos hoy están trabajando con déficit de personal. Entonces, si ante la presencia de un contagio, se licencia a una parte del personal para que puedan hacer cuarentena, va a faltar el personal para atender al resto de los internos. Hay que tener en cuenta que muchos ancianos en geriátricos tienen un alto nivel dependencia.

Por todo esto los geriátricos se encuentran actualmente en un estado de fragilidad muy grande. Cuando se habla del posible colapso del sistema de salud se piensa siempre en la imagen de los hospitales colapsados. Es llamativo que la imagen del geriátrico colapsado no ocupe un lugar preponderante en la representación que se tiene de la pandemia, siendo que allí se encuentra reunida la población más vulnerable.

A eso se agrega, en nuestro país, el vínculo con el otro sector vulnerable del que no se habla en estos términos, tal vez por pruritos de corrección política. Pero en tiempos de crisis es imperioso decir las cosas con claridad. Los pobres también son un grupo de riesgo, porque están en un contexto que facilita el contagio, porque no pueden resguardarse con la seguridad y las comodidades de la clase media, porque están obligados a moverse para conseguir el sustento, porque tienen un historial de precariedad que los hace vulnerables, falta de acceso a la salud, mala alimentación, enfermedades preexistente no tratadas, etc.

Por todo esto el Estado debe poner el foco en la situación. Es imprescindible realizar testeos rápidos al personal y los residentes en los geriátricos, de manera periódica, cada dos o tres días, para detectar a tiempo cualquier contagio y poder actuar rápidamente. Es muy posible que los geriátricos necesiten apoyo para afrontar la situación. Y en el caso de que se confirmen contagios hay que contemplar la posibilidad de realizar un seguimiento y de que se brinde asistencia a las personas que hayan estado en vinculación con el enfermo.

Hasta el momento se vienen aplicando exitosamente medidas generales como la cuarentena y el equipamiento del sistema de salud. Pero es necesario también agudizar la mirada sobre los problemas puntuales que van surgiendo, porque a través de esas fisuras pueden avanzar la enfermedad y el colapso. La desgracia está en los detalles no atendidos. Veamos lo ocurrido con las jubilaciones y los bancos. Eso era previsible. Esto también lo es.


 

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