• 19-Jul-2022
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Jubilaciones, darwinismo etario y extinción

Dr. Eugenio Semino - Defensor de la Tercera Edad - Pte. Sociedad Iberoamericaba de Gerontología y Geriatría

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Plata en el bolsillo y salud en el cuerpo. Esos son los dos pilares sobre los que descansa la concepción de la vejez y la jubilación que desde las últimas décadas del siglo pasado se fue consolidando en los países desarrollados. Son exactamente esos dos pilares los que en Argentina se fueron deteriorando, durante el mismo período, hasta llegar a una situación en la que parece que hemos sobrepasado el punto de no retorno, haciendo del jubilado, tal cómo se lo podía pensar anteriormente, una especie en extinción. Veamos a grandes rasgos el escenario actual.

 

Salud

 

El sistema prestacional se encuentra en un estado de crisis que no tiene precedentes, dicha crisis afecta tanto a las obras sociales como al PAMI. Es preciso aclarar que no se trata de un déficit en la calidad de la atención ni en un problema puntual que pueda ser solucionado con medidas o intervenciones de emergencia. El sistema en su totalidad no funciona, el deterioro es estructural. Es como si estuvieran podridas las vigas que sostienen un edificio. 

 

Una persona mayor tarda en promedio siete meses para obtener un diagnóstico de cualquier tipo, no importa que sea un resfriado o un tumor maligno. Esto significa que muchos pacientes se curan o se mueren antes de llegar al diagnóstico.

 

Esa situación, que de por sí debería ser inaceptable, se ve agravada por el estallido actual de todas las co-morbilidades que no fueron atendidas durante la pandemia. La prolongada cuarentena y la consecuente suspensión de tratamientos y controles de problemas crónicos durante más de dos años, han tenido consecuencias nefastas para la salud de las personas mayores. 

 

Esa situación debería hacer sonar una alarma en el sistema prestacional integrado por el PAMI y el resto de las obras sociales. Si quienes están a cargo de las instituciones tuvieran verdadero contacto con lo que está ocurriendo, deberían disponer los medios para agilizar las atenciones y acompañar a una población que necesita “ponerse al día” con su salud después de dos años de no ver un médico. Las autoridades actuales, sin embargo, pretenden continuar como si nada hubiera ocurrido, invirtiendo en anuncios publicitarios y normalizando el estado de crisis.

 

Otro factor que incide en este cuadro, y que también está vinculado con la pandemia, es el agotamiento del personal del sistema de salud. Hay muchos profesionales que abandonaron la tarea o que redujeron sus horas de trabajo, aumentando así la brecha entre la cantidad de personas que necesitan atención y la cantidad de personal disponible para satisfacer esa demanda. 

 

El último elemento que vale mencionar, y que sirve como puente para el segundo tema de este artículo, es el económico. El deterioro de los ingresos que puede percibir el personal del sistema de salud contribuye a la merma en la cantidad y la calidad de la atención. Los médicos necesitan multiplicar pacientes para armarse un ingreso digno, reduciendo la atención puesta en cada paciente. O eligen migrar a otro tipo de actividades. O comienzan a cobrar la consulta que debería ser gratuita. 

 

Y el cuadro se vuelve mucho más dramático si observamos la realidad de las cuidadoras que trabajan con personas mayores. La mayoría son mujeres que necesitan multiplicar los puestos de trabajo para terminar de armarse un ingreso de subsistencia. Fue la tarea silenciosa y jamás reconocida de esas mujeres la que permitió que miles de personas mayores aisladas durante la pandemia pudieran continuar con sus vidas. 

 

En resumen, cuando se observa el cuadro general de la situación se percibe una paradoja constante. En el momento en que se necesita mayor atención el sistema disminuye su capacidad de brindar dicha atención. Cuanto más sube la demanda de atención, más disminuye su oferta. Esto hace que los déficit sean cada vez mayores y que el deterioro general del sistema no haya llegado todavía a tocar fondo. Si no se revierte este esquema, la decadencia del sistema puede seguir prolongándose de manera indefinida.

 

Dinero

 

La destrucción del sistema previsional argentino no es una noticia. O, mejor dicho, es una noticia que los medios vienen anunciando desde hace más de treinta años. Un acumulado de varias décadas de decisiones cortoplacistas, anuncios demagógicos, negligencia, corrupción y cambios contradictorios fueron convirtiendo la historia del sistema previsional en un laberinto que podría marear al propio Borges. Al final de ese laberinto se encuentra la jubilación mínima actual, que equivale a un tercio de la Canasta Básica del Jubilado y a un equivalente en dólares que ya ni vale la pena calcular.

 

La pauperización del haber jubilatorio no solamente afecta a quienes perciben esos haberes. La masa de jubilados con ingresos por debajo del nivel de subsistencia es un problema para la estructura económica del país. Aproximadamente cinco millones cobran la mínima, y de los dos millones restantes la mayoría tienen jubilaciones tan solo un poco mejores que la mínima. La falta de recursos básicos que afecta a esa inmensa masa de la población repercute en todos los ámbitos de la sociedad. 

 

Jubilaciones de miseria equivalen a expensas que no se pagan, familias que ven disminuidos sus ingresos por necesidad de ayudar al familiar mayor, morosidad crónica y disminución del consumo de productos y servicios. Todo ello en un país sin desarrollo industrial, en el que el dinamismo de la economía tiene una fuerte relación con la potencia del consumo interno. 

 

Pensemos, por poner un ejemplo, el rol que podrían cumplir los jubilados potenciando el turismo interno. Imaginemos unas siete millones de personas con poder adquisitivo razonable y tiempo libre en un país que tiene lugares para visitar en cada rincón de su geografía. Imaginemos lo que eso podría representar para las economías regionales. No es tan difícil.

 

En lugar de ello, la imaginación política y económica argentina se desgastó durante décadas, y continúa haciéndolo, en un constante “tire y afloje” sobre el monto de las jubilaciones, sobre un punto porcentual más o menos, sobre aumentos por decreto o bonos miserables que no cambian en nada la situación objetiva de las personas. El político de derecha promete ajuste mientras que el de izquierda promete repartir lo que no tiene. Ni uno ni otro tienen un mínimo plan para desarrollar un sistema sustentable en el mediano y largo plazo. 

 

El resultado final es un sistema previsional inviable, que no se puede sustentar, que reproduce la miseria y que solamente puede ir empeorando a futuro. 

 

Darwinismo etario

 

Todos estos temas, muchos de los cuales por sí solos llevarían al sistema político de otro país a realizar un debate profundo y sistemático a fin de encontrar una salida estructural a los problemas, en Argentina ni siquiera son mencionados o tenidos en cuenta en tiempos de campaña electoral. 

 

La abulia del sistema político es tan grande, la desconexión con lo que ocurre, y con lo que va a ocurrir, tiene niveles tan patológicos que no es posible augurar otra cosa que la cronificación del deterioro. Una cronificación que nos lleva a hablar del darwinismo etario como una nueva realidad que se impone en nuestro país. 

 

El darwinismo etario es la traslación al plano del envejecimiento de “la lucha por la subsistencia individual” como única lógica regulatoria del comportamiento social. Al desaparecer todas las estructuras que podían garantizar un envejecimiento digno a la mayor parte de la población, se impone la lógica del envejecimiento del más apto. ¿Y quién es el más apto? El que tiene recursos propios para financiar un envejecimiento saludable. 

 

Para ese individuo el futuro es promisorio, se le augura que será seleccionado para tener una vejez larga y plena, con amplias posibilidades de disfrutar de su deseo hasta el último momento. Para el resto, para la mayoría que irá quedando por fuera de la selección social, el futuro es un laberinto de salas de espera, dolencias y deudas que nunca serán pagadas. La ciencia les va a alargar la vida en términos biológicos, no se las va a mejorar en ningún otro sentido. Y la falta de estructuras de apoyo y de acceso a los bienes más básicos les van a garantizar un calvario cotidiano.

 

La brecha entre esos dos individuos, que ya existe, irá ampliándose cada vez más. El sistema político argentino irá encargándose de ello. Y con la recurrencia de las crisis económicas la proporción de individuos aptos para un envejecimiento pleno irá disminuyendo. Cada vez son menos las personas que pueden llegar a la última etapa de la vida con un capital acumulado. 

La figura intermedia entre ambos extremos irá extinguiéndose como se está extinguiendo la clase social a la que pertenecía. Esa extinción es la historia que se intenta bosquejar en este artículo y es la única realidad que se ha venido construyendo por debajo de todas las promesas de felicidad realizadas por el sistema político a lo largo de las últimas décadas.

 

Esa extinción no tiene por qué ser irrevocable y, sobre todo, no tiene por qué ser aceptada. La comunidad en su conjunto, por fuera de las diferencias generacionales, tiene que reconocer esta realidad. Lo que se extingue con las jubilaciones es una cultura y una forma de vida que han sido característicos de nuestra sociedad. Depende de todos nosotros tomar consciencia de lo que está ocurriendo y obligar a las autoridades, de todos los colores políticos, a encontrar los medios para revertir la situación a largo plazo. Lo contrario sería resignarnos a extinguirnos silenciosamente mientras nos peleamos por cualquier otra cosa. 


 

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