• 30-Jul-2020
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La venganza del Cerdo

Por Eugenio Semino y Darío Semino

En torno a los casos de inseguridad que terminaron con la muerte de los criminales a manos de jubilados.

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Los hechos de inseguridad, muchas veces con consecuencias trágicas, ocurren a diario en nuestro país, ya no sorprenden ni sucitan en la mayor parte de los casos grandes comentarios, son parte de la violencia cotidiana que la sociedad se acostumbró a aceptar. Pero en las últimas semanas se sucedieron dos hechos en los que se invirtió la lógica de lo esperable. Los jubilados mataron a los ladrones, los ancianos mataron a los jóvenes. La inversión de lo esperable encendió el revoloteo de polémicas, dichos y declaraciones mediáticas de los más diversos colores. Sabemos que no hubiera ocurrido lo mismo si los ancianos hubiesen sido las víctimas porque eso es algo que ocurre casi a diario sin que el amperímetro mediático se mueva demasiado. Lo esperable no merece comentario, como mucho un gesto ya automatizado de indignación que rápidamente se archiva entre otros temas de la agenda.

Pero en este caso las víctimas cayeron del otro lado y algo se revuelve en el insconsciente de la sociedad. El joven de veinte años cayendo ante el anciano de setenta u ochenta es una imagen difícil de tragar, más allá de las características de cada caso, de la defensa propia o la violencia desmedida. Es decir, más allá de quién tenga razón o no. El anciano le quita al joven la posibilidad de envejecer, algo que el joven nunca podría haberle quitado. El ladrón puede llevarse los ahorros y la jubilación, nunca los años vividos. Hay ahí una asimetría inevitable, que invierte la lógica según la cual el fuerte es el joven y el débil es el viejo. En la carrera de la vida el viejo lleva mucha ventaja. Por eso en un punto se siente más injusta la muerte del joven a manos del viejo.

El conflicto entre jóvenes y viejos atraviesa la naturaleza humana, está de un modo u otro en todas las sociedades, en todas las culturas. A nosotros nos toca interpretar cómo se da en nuestra sociedad para poder seguir adelante. Si vemos los casos de las últimas semanas se encuentran elementos comunes que caracterizan una situación repetida y ya conocida en las urbes argentinas. De un lado personas que hicieron en sus barrios sus historias, que pertenecieron a la cultura del trabajo y del “ir de a poco”, que fueron ahorrando, en muchos casos construyendo sus casas, armando su vida. Del otro lado vidas rápidas, que no pueden comprender lo que significa el ahorro por el simple hecho de que desde que nacieron ven que la plata se les marchita en los bolsillos. ¿Cómo explicarle conceptos tales como ahorro o inversión a futuro a una generación que se crió en la inflación permanente?

No son solamente dos generaciones, son dos países los que se enfrentan. El viejo se crió en una sociedad que tenía un dígito de pobreza, pleno empleo y unos sistemas de salud y educación que eran ejemplares a nivel internacional. El joven conoce un país en el que la pobreza llega a la mitad de la población, y tal vez más después de la pandemia, el sueldo promedio no llega a cubrir los gastos del mes y los sistemas de salud y educación se caen a pedazos. En gerontología se dice que el odio del joven hacia el viejo se corresponde con el gesto de romper el espejo que adelanta, es decir, no querer aceptar lo que se viene. Pero en estos casos hay algo más, estos jóvenes son portadores potenciales de un rencor social, de un odio inevitable hacia aquél que vivió la vida que ellos no van a poder vivir.

Se reactualiza entonces la Guerra del Cerdo, la novela en la que Bioy Casares imaginaba una guerra entre jóvenes y viejos, pero con otras motivaciones. Y con la paradoja de que los jóvenes de entonces son los viejos de ahora. La posibilidad de una tregua parece remota, y ni hablar de la paz. El viejo puede entender el rechazo del joven en el sentido de “romper el espejo que adelanta”, puede entenderlo porque él también lo vivió siendo joven. Pero no puede entender el rencor que nace de la falta de expectativas, del mismo modo que el joven no puede entender lo que significa construir un proyecto de vida basado en el trabajo. El futuro los separa de manera irremediable. El viejo no sabe lo que es vivir sin tener futuro, el joven no sabe lo que es haber vivido teniéndolo. Y es eso lo que le quiere robar, y es eso lo que el otro le quita.

La única manera de salir de esta situación es reconstruir la posibilidad simbólica y real de un futuro, discutir a largo plazo, planear estrategias que permitan una mejora duradera de toda la sociedad, recuperar la potencia de un proyecto de vida, de un proyecto de sociedad. De lo contrario el viejo y el joven nunca podrán entenderse. No hay diálogo posible. Sólo conflicto, sólo la guerra. Y en la guerra moderna las ventajas físicas son secundarias, el plomo es inclusivo, gana el que gatilla primero.


 

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