• 23-Mar-2020
  • ARTICULOS
Las vidas en tiempos de epidemias

En torno a la epidemia actual y a las de ayer, cómo enfrentarlas sin miedo y seguir adelante sin olvidar nuestra historia. Un artículo de Eugenio Semino. 23-03-2020

 

 

 

La imaginación es la mirad de la enfermedad, la tranquilidad es la mitad del remedio y la paciencia es el principio de la cura.

Ibn Zina - también conocido como Avicena

 

 

Sabemos que toda epidemia genera una crisis individual y social de incalculable magnitud. Nunca las sociedades siguieron siendo iguales después de un evento de estas características. Y nunca quienes integraron esas sociedades pudieron continuar sin que se les genere un hito, en términos de lo que han vivido, a partir del cual se transforma la vida cotidiana. A pesar de lo inédito de sus características globales, esta no es la primera epidemia que toca a nuestra sociedad ni será tampoco la última.

 

La que nos toca hoy

 

En este caso los adultos mayores somos los más afectados, más allá de que el transmisor pueda ser un joven, a pesar de que también hay casos en los que la enfermedad se agrava en los jóvenes. Como pocas veces en la historia se pone en evidencia que la sociedad es un todo, en el que las partes que lo integran están inevitablemente vinculadas. No se puede separar jóvenes de viejos, adultos de niños. El virus es democrático, atraviesa todas las capas de la población. Y si bien afecta más a los mayores, si el sistema de salud colapsa, colapsa para todos. Por eso cuando aparecen las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y de los Estados lo primero que hay que hacer es informarse y respetarlas. Y este respeto no tiene que ser simplemente formal, sino mediante un acatamiento racional y responsable. 

Con respecto a las medidas de prevención, las hay de dos tipos, las medidas de prevención específica, que son aquellas que tenemos que contemplar absolutamente todos lo que integramos la sociedad. Y las medidas de prevención inespecíficas, que se aplican a los grupos de riesgo. Tanto unas como otras transforman nuestra vida y nos plantean un desafío que es necesario asumir en su complejidad.

Cuando se habla de aislamiento en términos del adulto mayor hay que tener en cuenta que la soledad y el aislamiento en este grupo de la población generan consecuencias que pueden ser tan graves como la propia enfermedad. Recordemos lo ocurrido en Francia en 2003, cuando una ola de calor dejó un saldo de 15.000 muertos. La mayoría eran adultos mayores sin problemas económicos, pero que no tuvieron a nadie al lado para que los ayude. Es por ello que resulta imprescindible desarrollar redes de acompañamiento. Tanto las virtuales, que son las más rápidas y actualizadas, pero que en muchos casos resultan lejanas para los adultos mayores. Como las de acompañamiento físico, en cuyo caso es necesario redoblar los cuidados, tanto para uno como para el otro. Cuidados que tienen que ver con guardar las distancias métricas en la vida hogareña, poner el doble de atención en la limpieza de los espacios comunes, que no suelen ser tenidos en cuenta en la vida diaria. ¿Quién se dedica a limpiar el picaporte de las puertas varias veces por día? Nadie. Sabemos que si era de bronce y no nos lo robaron se va poniendo cada vez más oscuro, pero no le prestamos particular atención. Exactamente en esos lugares tenemos que llamar la atención.

Pero las precauciones y medidas que es necesario llevar adelante no nos tienen que convertir en máquinas que funcionan en automático, aplicando protocolos ciegamente, sin ver a quien está del otro lado. Los Estados están obligados a lidiar con estadísticas y grandes números. Pero en nuestra vida cotidiana tenemos que lidiar con rostros y cuerpos. No podemos olvidar que somos personas tratando con personas. En cada caso hay una situación particular, una subjetividad, una historia. 

 

La que nos tocó ayer

 

En el caso de mi generación, de nuestra generación, se puede decir que es una de las pocas que vivió dos veces una situación de epidemia. Durante nuestra infancia, en el 56, se produjo en nuestro país la epidemia de poliomelitis. No había entonces, como no hay ahora, ninguna vacuna, ningún antídoto. Por lo cual, también como ahora, se hacía higienismo. Nuestros padres, los mayores de entonces, lavaban las calles; utilizaban un fluido que los jóvenes actuales tal vez nunca escucharon nombrar, la acaroína, con el que se impregnaba todo. Venían los hombres de trabajar y, con sus musculosas y tiradores, salían a barrer todo, se abrían las casas para que entrara el aire limpio. Circulaba el dicho “donde entra el sol no entra el doctor”, también aplicable hoy en día. 

En aquel momento en menos de un año apareció la primera vacuna, descubierta por Jonas Salk y luego perfeccionada por Albert Sabin. Y se terminó el problema. Pero... ¿se terminó el problema? No tanto, porque muchos de los nuestros quedaron con secuelas. Hubo niños que pasaron años respirando adentro de un pulmotor y otros que terminaron con sus miembros atrofiados. En mi barrio debo recordar al querido Eduardo Maica hombre de la revista Humor, y de muy buen humor, que era el renguito de la panadería, a quien tratábamos como un igual. Aunque mucho de lo que le hacíamos, como patearle el bastón canadiense, hoy sería considerado bullying. En aquella época eso era parte de convivir con los diferentes como iguales. Cuando jugábamos a la pelota era Eduardo el que nos daba en la cabeza con el bastón. Y soy yo quien ahora lo recuerda como un tipo de una dimensión enorme, casi heroica. 

Ese fue uno de los resultados de una de las experiencias traumáticas de la vida, con la que todos convivimos y superamos. Y que alguna vez olvidamos, como seguramente olvidaremos el Coronavirus si logramos compensar los cuidados y redoblarlos. Si no dejamos que la soledad nos supere, vamos a ser parte de una experiencia histórica más. Espero que esto sea válido, porque la única forma de salir de una situación de este tipo es a través de la solidaridad y de la compresión.

 

La que no deja de tocarnos

 

Lamentablemente en Argentina, como decía Ramón Carrillo allá por 1950, se combinan factores tanto o más agresivos que el propio virus. Carrillo planteaba que las bacterias y los virus son pobres transmisores de enfermedades cuando existen pobreza y miseria. Y acá está el otro gran problema que hay que enfrentar. Porque muchas de estas recomendaciones son válidas, son posibles, para quien tiene una casa con agua corriente y cloacas, para quien tiene una economía estable; en una palabra, para quien tiene lo necesario para subsistir. Pero cómo le explicamos a la enorme mayoría de los adultos mayores que perciben quince o veinte mil pesos, y que tienen que salir a hacer la diaria, que tienen que salir a trabajar para comer. Cómo hacemos para decirles que no van a tener ese otro trabajo y que se tienen que quedar en su casa. Y que deben elegir entre el virus o la inanición. La magnitud de la epidemia se ve potenciada por las condiciones de vida la social. 

Cuando el Estado habla de alguna ayuda circunstancial, como por ejemplo un bono, lo que está haciendo es no reconocer a quienes lo reciben como sujetos de derecho. Parece ser casi una obra de antigua beneficencia religiosa. Hay que tener muy presente el contexto económico en el que se están llevando a cabo las actuales medidas. 

 

Las crisis siempre desnudan dos caras de una sociedad: la más heroica, la más benefactora. Y la otra, brutal, indiferente. Por eso ante esto tenemos que tomar una opción. Y la opción es cambiar las condiciones de esta sociedad, más allá de que el virus en un momento desaparezca. Tenemos que ver cómo entre todos salimos, sin miedo, porque el miedo es una reacción natural que tenemos los humanos para defendernos de situaciones de agresión.  Y el miedo tiene gradientes. Cuando se supera la alarma el gradiente inmediato posterior es la parálisis. Es lo que no nos tiene que pasar. 

 

Por eso la opción está abierta, entre todos vamos a ganar la lucha contra el virus, sin lugar a dudas. Pero viene inmediatamente después otra lucha de más largo aliento que es modificar las condiciones de injusticia social, de exclusión, de pobreza, que tenemos a nuestro alrededor. Al igual que la epidemia, es un desafío que solamente podemos superar entre todos.


 

Dejenos su comentario