• 25-Dic-2022
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Los viejos no nos volvemos a ilusionar - Balance 2022

Dr. Eugenio Semino - Defensor de la Tercera Edad - Pte. de la Sociedad Iberoamericana de Gerontología y Geriatría (SIGG)

 

Hay dos grandes núcleos a partir de los cuales se puede apreciar en términos materiales la situación de las personas mayores en una sociedad. Uno de ellos es la salud, el otro la economía. En nuestro país ambos sufrieron a lo largo de este año un deterioro que es la continuación de un  proceso que parece no tener fin. 

 

Con respecto a la salud, podemos ver que en el centro de la cuestión se encuentra la crisis del PAMI. A comienzos de este año publicamos un artículo sobre el estado terminal en el que se encontraba esa entidad. Y a lo largo del año hemos visto cómo esa situación se fue haciendo evidente y de público conocimiento. Se han publicado diversos análisis periodísticos sobre la tardanza para acceder a la atención médica, con todas las consecuencias que eso implica. 

 

Los reclamos por la falta atención se multiplican día a día. Todo el mundo conoce el problema, se lo comenta en las conversaciones cotidianas y en las redes sociales. Las autoridades, sin embargo, no han dado ningún tipo de respuesta. Siguen actuando como si los problemas fueran casos aislados que no representan el funcionamiento general del organismo. Este negacionismo lo único que hace es empeorar la situación y aumentar el descontento entre la gente. 

 

Hay que realizar dos aclaraciones al respecto de la situación del PAMI. En primer lugar que la crisis actual no es un problema súbito o inesperado, sino que es la consecuencia de décadas de malas administraciones, negociados y malversaciones diversas. Es cierto que el PAMI hoy está muy mal, pero también es cierto que nunca estuvo bien, ni siquiera un poco. 

 

En segundo lugar hay señalar que la crisis no solo afecta al PAMI. Las obras sociales están quebradas, los hospitales desabastecidos y el personal se encuentra totalmente precarizado. Todo el sistema de salud está colapsado. Y no parece que la situación vaya a mejorar en el futuro. Porque de una forma progresiva se está produciendo un vaciamiento de recursos humanos en el sistema. Cada vez hay menos médicos que optan por ser residentes en el sistema público. Y este año hemos visto paros y movilizaciones de médicos, incluso de profesionales que trabajan en el sector privado. 

 

Todo esto impacta de manera directa en la calidad de vida de las personas mayores, mucho más que en las otras franjas etarias. Un turno que no llega, o un diagnóstico que llega tarde, no solamente puede significar la diferencia entre la vida y la muerte sino también la continuidad de la vida en condiciones de postración o sufrimiento. Especialmente si tenemos en cuenta que los avances modernos en medicina hacen que muchos de los padecimientos que vienen con la edad se atenúen de forma considerable. SI embargo de poco sirven los avances técnicos y científicos si no hay recursos para llevarlos a cabo. Lo cual nos lleva al otro eje de este artículo.

 

En lo que hace a la economía de las personas mayores, este año hemos visto consolidarse un fenómeno que se venía dando en los años anteriores. Tiene que ver con el reemplazo de la recomposición del haber jubilatoirio por el otorgamiento de bonos puntuales que se entregan a discreción del poder ejecutivo y que no se integran en el haber. 

 

Cada vez que se anuncia un bono la noticia capta la atención pública y se abre paso la discusión sobre la pertinencia o no del mismo, sobre si el monto es adecuado o no, sobre si alcanza, le gana o pierde ante la inflación, etc. Pero lo que queda constantemente de lado en esas discusiones es el hecho de que el haber real, el que se percibe todos los meses, continúa deteriorándose. Esto no es una casualidad, el bono sirve para disimular la depreciación del haber, el cual va reduciéndose cada vez más hasta convertirse en un subsidio, con todo lo que ello implica. 

 

La condición del jubilado, entonces, no solo se ha degradado en términos materiales sino también en lo conceptual y simbólico. Los funcionarios se permiten pasar por generosos cuando anuncian un bono para el sector, como si fueran soberanos feudales bondadosos por arrojar algunas monedas del tesoro a los menesterosos de la plebe. 

 

Se ha dicho y se seguirá diciendo que la crisis del sistema previsional no es un problema exclusivo de la Argentina, lo cual es cierto. La diferencia es que en los países que tienen una economía desarrollada los ciudadanos tienen mayores chances de desarrollar estrategias para consolidarse una posición económica estable. A su vez, los países que no están desarrollados nunca tuvieron un sistema previsional consistente, por lo cual no sufren el cambio de paradigma con la misma intensidad.

 

Argentina, en cambio, cuenta con la extraña peculiaridad de haber recorrido el camino hacia el desarrollo económico en sentido inverso. Por lo cual hay una o dos generaciones que comenzaron sus días en un país próspero para terminarlos en un país pobre. Esto implica que esas personas enfrenten una dificultad concreta para ganarse la vida por otros medios debido a la precarización de los mercados de trabajo y de consumo. 

 

Pero también implica que esas personas no tengan las herramientas simbólicas y psicológicas para encarar la situación actual. Alguien que se vio a sí mismo como un ciudadano de clase media durante la mayor parte de su vida, no sabe cómo manejarse en un contexto de carencia. Sus estándares, sus aspiraciones, sus ritmos de vida son otros. Es muy duro llegar a la última etapa de la vida para descubrir que uno tiene que aprender a ser pobre. 

 

Argentina siempre fue precaria pero también fue, durante varias generaciones, abundante. Esa abundancia permitía sobrellevar la precariedad de distintas maneras. La repetición de las crisis económicas de las últimas décadas hizo que esa abundancia se extinguiera, dejando a la luz la precariedad de las instituciones, de la economía y de todas las infraestructuras.

 

La ilusión de que la abundancia va a volver se hace cada vez más débil. Lo cual genera un fenómeno que en este año se ha visto y que es esperable que se continúe viendo en los próximos años. Este fenómeno es la migración a edades cada vez más avanzadas. Personas de más de cincuenta, sesenta e incluso setenta años están optando por radicarse en países con una economía más estable. 

 

Dado que la parte de la población que tiene los recursos para hacerlo es muy pequeña, no se trata de un fenómeno que pueda ser apreciable en los grandes números. Esto no quiere decir que debamos pasarlo por alto. En los fenómenos minúsculos, que escapan a las mediciones, se expresan tendencias que son representativas del estado de ánimo general. 

 

Tenemos que tomar consciencia de que Argentina se convirtió en un país en el que no vale la pena envejecer, esto tiene consecuencias que van más allá de la realidad de las personas mayores actuales. Al no poder realizar proyecciones de futuro nos volcamos al estímulo del momento presente como única vía posible para el deseo. 

 

En ese contexto es comprensible que cinco millones de personas salgan a la calle para celebrar una victoria deportiva. Lo hicieron porque no esperan nada bueno del futuro, porque saben que no les queda otra que aprovechar el momento. 

 

Los viejos, en cambio, sabemos que los momentos pasan.


 

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