• 26-Abr-2020
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Los viejos salen a pasear en plena cuarentena

En torno a la idea de que los adultos mayores no respetan la cuarentena, los prejuicios y las maneras de mirar en la ciudad. Por Omar Acha. - Revista Ignorantes - rededitorial.com.ar

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Se leen expresiones de este tenor en foros de internet, veloces posteos en los chats y los mentideros de twitter y facebook: “Los viejos son quienes más salen a la calle”, “No les importa nada”, “Cuando comiencen a enfermarse van a saturar el sistema y perjudicarán al resto”, “Nunca vi tanta gente mayor paseando”, “Si quieren joder por ahí, que firmen un compromiso de no ocupar camas de hospital público si se contagian”, etcétera. 

 

Las aglomeraciones ocasionadas por la apertura de los bancos para el cobro de haberes jubilatorios –una fatídica e innecesaria calamidad del día 3 de abril pasado– suscitaron nuevas locuciones condenatorias. “Pueden mandar familiares a cobrar pero quieren ir ellos”, “no saben utilizar los cajeros automáticos”, “tienen tarjeta de débito pero van igual a la ventanilla”, etcétera. Es verdad que en este caso lamentable se distribuyeron las culpas por mitades entre los organismos del gobierno y el gremio bancario, por un lado, y las personas de edad avanzada, por otro lado. Pero es muy notorio que las víctimas de errores acumulados por diversas instancias institucionales sufrieron un inmerecido escarnio por las interminables filas ante los bancos.

 

La medida dispuesta por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, desde el 20 de abril, según la cual las personas mayores de 70 años deben informar las razones de sus salidas domiciliares, tiene como premisa los prejuicios antes ejemplificados. De otra manera, ¿por qué deberían solicitar la indulgencia estatal al número telefónico 147 si no se supusiera que tales personas salen innecesariamente?  ¿A qué saldrían si no fuera imprescindible a sabiendas de la circulación del virus? Es razonable que, al menos como gesto de protesta, se aludiera a una eventual “desobediencia de los viejos”.  Entiendo que este asunto –que sin ánimo peyorativo llamo “el argumento liberal”– despierta problemas de distinta índole de la que me preocupa aquí. Solo añado que el problema no reside únicamente en la lesión de derechos individuales de circulación. Concierne a todo un segmento etario y por lo tanto supone una cuestión de la sociedad en su conjunto. Pienso que las imágenes del “viejo salidor” y de la “vieja paseandera” son mitos urbanos. El ánimo andariego e irresponsable atribuido a las personas mayores es un mito falso. Obtiene credibilidad a través de una operación de generalización engañosa. 

 

El día 21 de abril se conoció el caso de una mujer de más de 80 años en el barrio de Palermo que fue a los bosques cercanos para tomar sol. Sabedores de la atracción del suceso, todos los grandes medios de comunicación publicitaron la novedad. La noticia y los comentarios generalizaron ese caso y lo construyeron como un ejemplo de irresponsabilidad ante la pandemia. Un forista del portal de La Nación escribió: “y por esto los mayores de 70 deberían estar encadenados a su cama y no moverse de ahí. Manga de viejos inútiles”. Reacciones de esta índole revelan temores y prevenciones cuyas consecuencias no es sencillo evaluar.

 

Mis impresiones pertenecen a una mirada que no pretende certitud. Mala mía. Sin embargo, tengo el consuelo de los tontos: si hoy no tienen sólidas certidumbres la Organización Mundial de la Salud, las grandes potencias y menos aún Estados periféricos como el nuestro, ¿no son menos miserables mis notas vacilantes? 

 

Cuando he salido a buscar alimentos, pero también por lo que veo desde el balcón de un departamento que da a una calle en cruz con una importante avenida porteña, no observo numerosas personas mayores a 65 o 70 años por las veredas. En realidad, veo principalmente personas de edades sensiblemente menores. Lo que sucede es que a raíz de la pandemia las categorías de visibilidad se alteraron con violencia. Se activaron de otro modo para detectar allí peligro, amenaza o compasión. Me refiero al “grupo de riesgo” principal. Esos cuerpos y esas voluntades caminantes ya estaban presentes antes de la cuarentena. Y en mayor número que una vez declarada la restricción. Eran más en los días corrientes y durante las jornadas de cobro jubilatorio. Solo que no los notábamos (es un horror ubicarse en el lugar de la evaluación, del juicio etario, pero ese es justamente mi mensaje: prevalece en la “opinión pública” una discriminación en razón de la edad), como no vemos a tantas otras personas y grupos invisibilizados. Nos sorprende esa presencia ahora porque antes no la percibíamos. Aunque estuvieran allí, no estaban, como no están los cuerpos incorrectos, indeseados y menospreciados. 

 

El mito urbano del viejo salidor obedece, entonces, a una matriz de prejuicios operantes en nuestras miradas al observar las filas en los supermercados y despensas. El filósofo Kant afirmó que las intuiciones (los datos de la experiencia sensible, la información proporcionada por los sentidos) sin los conceptos son ciegas. Se precisa organizar aquellos “datos” según categorías que, por así decirlo, operan en el pensar. El error de Kant fue atribuir a las categorías un carácter universal o, en su jerga, trascendental. A veces los conceptos enceguecen. Invisibilizan ciertos aspectos de las intuiciones. Miramos pero no vemos.   

 

Ante la cuarentena, las personas mayores revelan, según los casos, aprensión, desasosiego, fastidio, temor, tal vez indiferencia. Me imagino que a mí mismo, aunque distante de la edad vergonzante en esta coyuntura, compartiendo cualquiera de esas actitudes. De allí que lo esperable sea lo contrario del mito de la vejez irresponsable que se pasea por las veredas poniéndonos en peligro. No generalizo a partir de mi limitada experiencia. Las y los individuos de edad avanzada que conozco se cuidan, tratan de salir lo menos posible de sus domicilios, higienizan sus manos con frecuencia. 

 

¿Por qué se las ve por todas partes? Lo que ha cambiado es el cristal con que se mira la realidad cotidiana en las calles. Lo invisible se hizo visible. Como en los barrios y edificios se perciben con nitidez las personas que trabajan en los servicios de salud, sobre todo las enfermeras y enfermeros, eventuales transmisoras del Covid-19, en las calles se perciben los cuerpos fragilizados  e infantilizados de la gente mayor. 

 

De tal manera, las personas mayores, además de ser el principal grupo de riesgo del coronavirus, son el objeto del sordo escarnio moral, la visibilización persecutoria y el desprecio puerilizante de una población temerosa. No es el caso de nuestros familiares que intentamos cuidar. Tampoco deseo negar las múltiples acciones solidarias hacia personas particulares. Solo encuentro que como grupo social,  constituye un sector etario desterrado hacia las sombras del obstáculo, del gasto innecesario, del cuerpo inoportuno.

 

Es verdad que las medidas oficiales se adoptan con el horizonte general del cuidado. Solo que ese cuidado se realiza a costa de la dignidad intelectual y corporal de la gente mayor. Esa actitud es inseparable de la consideración sistémica –legible en los cálculos de organismos financieros internacionales– respecto de la inviabilidad de la sociedad capitalista global con una población en proceso de envejecimiento generalizado. Es probable que la pandemia acelere un debate, como respecto de otros tópicos, sobre “qué hacer con los viejos”. Sugiero que tal vez el problema no sea el envejecimiento poblacional, sino la misma lógica de la sociedad capitalista que requiere cuerpos jóvenes, productivos, sanos y vigorosos. ¿Por qué no pensar que lo realmente caduco es la sociedad capitalista? 

 

En lo inmediato, es saludable despojarnos de los mitos urbanos sobre las personas mayores. Es deshonroso construirlas como chivos expiatorios de nuestras impotencias e ignorancias. Nos hará mejores el reconocerlas como prójimos, individualidades pensantes y sintientes en este momento de emergencia global.

 

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El autor es Historiador (doctorado por la Universidad de Buenos Aires y la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París). Es docente en el Departamento de Filosofía (UBA). Es Investigador Independiente en el CONICET e Investigador Asociado en el Centro de Investigaciones Filosóficas. Entre sus últimos libros se cuentan La Argentina peronista. Una historia desde abajo (90 Intervenciones, Red Editorial 2019), Encrucijadas de psicoanálisis y marxismo: ensayos sobre la abstracción social (2018), Crónica sentimental de la Argentina peronista: sexo, inconsciente e ideología (2014), y en colaboración, La soledad de Marx: estudios filosóficos sobre los Grundrisse (2019). 

 

 

 


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