• 22-Jun-2019
  • ARTICULOS
Quien abandonó a los abuelos de Rosario

Una lectura gerontolgica sobre la situación de abandono de los adultos mayores, a partir del caso del matrimonio encontrado en un bar de la Ciudad de Rosario. Lic. Silvia Perelis, Magister en Gerontología Social. Presidenta de la Asociación Civil Años - Espacio Gerontovida.

Hilda, su marido Hugo, sus hijos Hugo y Raúl, constituyen el grupo familiar que se hizo conocido por lo que miles de familias padecen, pero no sale a la luz.

Hugo hijo, fue capaz de dejar a sus ancianos padres en un bar, y no existe ciudadano, o medio de comunicación que deje de repetirlo… “¿con conocimiento de causa?”. Con Raúl se tiene un poco más de condescendía, por lo menos se hizo cargo cuando la policía y las cámaras de televisión lo convocaron. Ni más, ni menos: una fuerza de seguridad y los medios masivos de comunicación.

Quince días más tarde, se retoma la noticia y como dice el periodista Miguel Prieto Toledo, en el diario Infobae, la situación, lejos de resolverse, empeoró.

Es el propio hijo Raúl quien, en una entrevista telefónica, cuenta que en la actual convivencia de dos matrimonios de adultos (sus padres; él y su esposa) con los nietos adolescentes, en una casa con dos habitaciones, el estado de hacinamiento amplía necesidades e imposibilidades.

 

Raúl, que tenía un vínculo distante con su hermano y padres, sabía no obstante de los problemas económicos que aquejaba a esos tres convivientes. Siempre, según trascendidos periodísticos, su hermano Hugo tenía problemas económicos, y cree que inició un expediente en el PAMI solicitando la internación geriátrica para sus padres.

Existían problemas de convivencia de las que el resto de la sociedad nos enteramos por las declaraciones de los vecinos que escuchaban cómo Hugo (h) le gritaba a sus padres. Sabemos que sus padres, en especial su papá, no está ubicado en tiempo y espacio: además de ser sordomudo, su capacidad de comunicación es nula (informa el periodista de Infobae).

 

Bien, hasta ahí, lo que opina la gente, lo que recabaron los periodistas, lo que nos enseñaron: “a los abuelos, a los viejos, a las personas mayores, a los gerontes, hay que cuidarlos y respetarlos”. Pero  “¿cómo?”. Es la pregunta que más resuena cuando “el amor” -  y a veces solo el parentesco (no toda historia familiar es de amor -  resulta insuficiente para dar de comer, pagar el alquiler, la consulta médica, los medicamentos y ni qué hablar de necesidades más complejas, como la atención de las dependencias como la de Hugo padre, o la ayuda en las actividades de la vida diaria, que tanto necesita Hilda.

 

 «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Es la frase con la que en 1887 Tolstoi inicia su novela Ana Karenina, en Rusia. En Uruguay, en 2006, la escritora Laura Santullo, describe una situación familiar en su cuento “La Espera”:

 

Cuando llegamos al lugar tuvimos que esperar más de tres horas en una salita, todo lleno de gente y de humo, que no sé porque dejan fumar en un sitio que está repleto de viejitos que solo Dios sabe que padecimientos tendrán. Pasan los números: cincuenta y cinco, cincuenta y ocho, sesenta y uno. Y yo sin poder dejar de pensar en la comida, y en la salida de la escuela, y en si Silvia, que es mi hija la mayor, se espabilaría y saldría a comprar un pollo rostizado. Y el reloj que no paraba de comerse las horas. Y yo de vuelta a pensar en la casa, en las etiquetas que hoy todavía no cosí ninguna, y si no entrego no me pagan que lo mío es a destajo. Y más números, setenta y nueve, ochenta y uno, ochenta y seis, hasta que por fin llaman al ochenta y siete que es el nuestro. Y ahí nos acercamos al mostrador, y un hombre joven, muy educado él, no voy a hablar de más, pero que en un minuto nos quita la esperanza y nos elimina de toda posibilidad mientras me explica, en una sola frase y sin respirar, que en el asilo no hay lugar y ni lo intente en la Municipal ni en la Casa Retiro de las Bombas que todo está igual de lleno, únicamente recibimos a los ancianos de la calle los que de verdad están necesitados porque no tienen a nadie. Me habla de listas de espera y me da una lapicera para firmar un papel que ni siquiera tengo tiempo de leer, deje un teléfono y dirección que si aparece algo la llamamos. Al final, con el mismo tono impersonal me recrimina por querer dejar allí a mi padre, aunque sin demasiado énfasis, como una parte más del trámite, ¿sabe?, me dice que los viejos solos se entristecen mucho. ¿Y no lo voy a saber yo? ¿Se creerá ese joven que una toma estas decisiones sin que se le muera un poco el alma?

Volviendo a la Argentina de 2019, no es el cometido profundizar sobre lo que le pasó a Hugo hijo, ni meternos más en la intimidad de Raúl, su esposa e hijos adolescentes. Vamos a cambiar la ubicación de los reflectores para enfocar “lo  público y lo estatal” ahí donde se inició un expediente solicitando ingreso a un geriátrico, ahí dónde una alarma tuvo que encenderse y activar el actualmente inexistente “sistema de atención progresiva, personalizada y continua, con la presencia de una red de recursos promocionales y prestacionales, en consonancia con las diferentes demandas poblacionales”. Así, tal cual, lo expresa el Mgtr en gerontología social, Roberto Orden. Para aplicarlo a la historia que estamos siguiendo, desde que Hugo hijo se acercó a comunicar en la obra social de sus padres (pero también le cabe a cualquier administración gubernamental) que quería o necesitaba que sus padres ingresen a un geriátrico, su caso debió ser analizado por un equipo de trabajadores sociales, geriatras, gerontopsiquiatras, psicólogos especializados en gerontología, y haber evaluado, junto a la familia González, qué prestaciones eran las adecuadas para mejorar la calidad de vida de Hilda y Hugo, pero también cómo facilitar su vínculo con sus hijos y nietos.

Sigue diciendo el magister Roberto Orden: “ante un efectivo problema complejo como es la dependencia, las respuesta son todo o nada (no hay proceso). Son fragmentadas y cada familia debe buscar sus propias alternativas. Son insuficientes los recursos ofrecidos, y cuando se complementan con asistencia financiera lo que no garantiza la resolución del problema. No es parte de la agenda pública”.

Entonces ¿quién abandonó a Hilda y Hugo, a los abuelos de Rosario, a los abuelos de Ushuaia a La Quiaca?

 

Lic. Silvia Perelis

Magister en Gerontología Social

Presidenta

Asociación Civil Años – Espacio Gerontovida

 


 

Dejenos su comentario