• 14-Mar-2019
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Un día más como muchos anteriores

Un cuento de Daniel A. Molina, ganador junto a otros cuatro en la categoría " Mayores de 60 años" del Concurso literario del INADI cuyo tema fue: La discriminación en los Adultos Mayores.

                                     UN DÍA MÁS COMO MUCHOS ANTERIORES…

 

          Se levantó sonriente, alegre, ¡cómo no estarlo: ese día cobraba la jubilación!

           Se puso la prótesis dental, se dirigió al baño y aprovechó la oferta comprada dos por uno: dentífrico de segunda marca y líquido antiséptico para los buches. Se bañó y recordando consejos vecinales usó el jabón de lavar la ropa, le habían dicho que era mejor que el perfumado, en realidad no quería gastar en algo fácilmente reemplazable; después de todo utilizaría agua de colonia.

             Fue a la cocina y cumplió con la regla: “Desayunar como un rey”, total sabía que a la noche cenaría como mendigo. Acompañó su mate cocido con galletitas de agua untadas con margarina. Prendió la TV y escuchó, vio las primeras noticias del día muy parecidas a  días anteriores: la canasta familiar, carestía de la vida, los asaltos a jubila-

dos, las cremas anti “age”…Sumó unos mates acompañados por unos bizcochitos novedosos para él: cocinados al horno y sin sal. Los primeros rayos del sol daban en su cara que, con lo que había ingerido, resaltaban las venitas. Miró el reloj y arrancó rumbo al banco.

               Llegó a la parada del colectivo. Se puso en la cola. Dejó pasar varios no solo porque iban llenos sino porque los de la fila no le permitían el paso, aunque la edad lo ameritaba. Por suerte subió a uno, acomodó su cuerpo como pudo. Su cabeza parecía una marioneta suspendida entre los hombros de los pasajeros. El chofer lo miraba por el espejo, esperaba que alguien le diera un asiento. Nada. Muy firme expresó: “¿Quién facilita un lugarcito a un representante de la tercera edad?” Nadie respondió. Lo dijo por segunda vez, no escuchó ninguna voz. A la tercera frenó el colectivo y antes que repitie-

ra lo mismo, una señora grande, con mameluco, quizás a punto de jubilarse, le cedió su asiento. El hombre no quiso aceptarlo. La mujer a tono con los últimos movimientos femeninos, se impuso:”¡Ud. se sienta acá!”. Con vergüenza agradeció la gentileza.

          Al rato se puso a mirar el movimiento callejero, mientras, nuevamente, su cara reflejaba el color de las noticias oídas en el desayuno; se hacía eco ahora, en vivo y en directo, de los comentarios: “No sé porqué estos viejos no se quedan en sus casas”. “Nosotros, también, estamos cansados.”Tenemos algunos achaques”. Las palabras de gente joven y de mediana edad pegaban como latigazos de antaño.

          Suena su celular, la hija le pide que lo ponga en alta voz. Todos los presentes se enteran que tiene turno –por suerte-, con el especialista en dos meses y que se prepare para un estudio, que le harán quince días antes de la consulta, por la madrugada, pero que no se preocupe por el viaje, lo llevan en ambulancia, además de cenar liviano la noche anterior como si el hombre no supiera lo que vive todas las noches…

          Unas gotas de lluvia corren por la ventanilla, son grandes, persistentes, la visión de los negocios se pierde. Con todo, ve cómo la gente abre sus paraguas; los chicos se cubren la cabeza con las capuchas de las camperas. Faltan pocas cuadras para bajar, pero no faltan las molestias de los pasajeros para dar lugar a su cuerpo deslizarse para bajar. Se escucha socarronamente: “Hay que comer menos…” como si no lo hiciera…

Toca el timbre antes de la parada rogando que se detenga el colectivo por la lluvia, pero no sabe porqué después de mirar el chofer su reloj pulsera, sigue de largo; sí se detiene donde corresponde oficialmente. Desciende con las dificultades lógicas de su edad y de esa hora soportando los empujones, los pisotones, el apuro. Tiende el brazo para que alguien lo ayude y oye:”Pobre, está comprobando si llueve…” Camina por la vereda y se guarece bajo un toldo y no se da cuenta, cuando a toda velocidad,  pasa un sujeto que le sustrae la carterita. El viejito con la voz quebrada le reclama inútilmente la devolu-

ción, lo insulta y se lamenta : “Qué bronca, el desgraciado se lleva los caramelos de menta, algunas monedas y los remedios con la barrita de cereal que como, cuando los tomo, para que no me caigan mal con el estómago vacío; menos mal que tengo en mis bolsillos la SUBE, los documentos y la plata”. Nadie lo escucha. La lluvia ahuyentó a la gente.

          Llega al banco, empapado, pero con la ilusión intacta. No ve la cola habitual en la vereda, piensa que el mal tiempo contribuyó. Cuando pasa por el negocio que está pegado a la institución le gritan: “Ojo, no siga, venga para acá; el dueño nos hizo un lugarcito para no esperar bajo la lluvia, él mismo reparte los numeritos para que nos atiendan por orden”.

          La espera se hace sentir. Cuando entra al banco sí, nota –como siempre- la cola que extrañaba. Al rato necesita ir al baño. Cuando le pregunta al de seguridad qué tiene que hacer, adivina la respuesta: “Aguante hombre”, pero el hombre no da más, le sugieren que vaya a un bar. Arregla con el guardia para que, cuando regrese, lo reconozca, no pierda el lugar y cobre.

          Cruza por la esquina cuando un motociclista lo esquiva a toda velocidad sin respetar la luz correspondiente y le grita: “Agilidad viejito, agilidad”. Llega a la puerta del bar; lee en un costado las propagandas de las tarjetas de crédito y en el medio con letras llamativas: “El baño es de uso exclusivo de los clientes”. Como sabe lo que tiene que hacer –le ha pasado tantas veces- pide un mate cocido, qué más, a esta altura del mes; en segundos se transforma en cliente y se dirige al baño.

          Realizado el trámite bancario decide visitar a unos familiares cercanos antes de regresar a su casa. El tiempo había mejorado. Un tenue arco iris parece colgado. Llega al edificio familiar. Toca el botón para llamar al ascensor y se da cuenta que no llega, hay corte de luz. Toma aire y se resigna a subir los dos pisos que lo llevan al departamento esperado. Transpirado, cansado, golpea la puerta y cuando se abre lo saludan como otras tantas veces: “Ud. si que tiene suerte abuelo, cobra todos los meses,

con la sequía que hay…” El silencio congelaba el momento.

        

            


 

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